Cómo el Poder Domina en la Hiperrealidad del Capitalismo Tardío

 


Las imágenes han suplantado a la realidad, las deudas son cifras abstractas que gobiernan vidas concretas y donde las ideologías se consumen como productos desechables, la pregunta que surge no es solo quién tiene el poder, sino cómo logra que millones lo acepten sin siquiera percibir su rostro. El capitalismo avanzado ya no necesita gobernar mediante la fuerza bruta, sino a través de la fabricación de una realidad paralela, un teatro de distracciones donde el dinero se esconde detrás de dramas políticos, guerras culturales y promesas devaluadas.

El sistema no es simplemente un exceso de publicidad o entretenimiento, sino la etapa final de un mecanismo en el que toda experiencia humana ha sido convertida en mercancía existencial. Las finanzas internacionales, como directoras ocultas de este teatro, no promueven su dominio mediante discursos abiertos, sino mediante la saturación de narrativas que impiden pensar fuera de su lógica. ¿Por qué discutir sobre la privatización del dinero, la usura sistémica o el papel de los bancos centrales cuando se puede polarizar a la población en debates estériles? La izquierda y la derecha, el nacionalismo y el globalismo, incluso el miedo y la esperanza, son dos caras de la misma moneda: herramientas para que las mayorías no descubran que su esclavitud ya no requiere cadenas, sino algoritmos, deudas y ficciones legales.

Ni siquiera podemos hablar de un "verdadero capitalismo" detrás de la cortina, solo capas de significados flotantes que simulan conflicto mientras el poder se reproduce sin resistencia. Las crisis económicas, por ejemplo, ya no son accidentes del mercado, sino rituales necesarios para reafirmar el control. Cada colapso financiero, cada rescate bancario, cada ola inflacionaria, lejos de ser "fallas", son ajustes calculados que redistribuyen riqueza hacia arriba mientras la población discute síntomas y no causas. El dinero mismo es el gran espejismo de billetes, criptomonedas y créditos que no tienen valor intrínseco, pero su ficción colectiva somete más efectivamente que cualquier ejército.

Las ideologías contemporáneas, desde el neoliberalismo hasta el progresismo de mercado, funcionan como programas de realidad virtual que impiden ver el mecanismo real: una clase financiera transnacional que no tiene bandera ni ideología fija, solo un compromiso irreductible con la acumulación. Mientras la gente pelea por migajas identitarias o se enfrasca en batallas culturales, los dueños del capital deciden en silencio el precio de la vivienda, el valor del salario y hasta la viabilidad misma del futuro. La deuda, en este contexto, es el dispositivo de control perfecto donde no es necesario obligar a nadie a trabajar doce horas al día cuando está convencido de que su hipoteca, sus impuestos y su pensión insostenible son "elecciones personales".

El entretenimiento cumple aquí un rol clave, pero no como mera "distracción", sino como colonización de la imaginación. Las redes sociales, el streaming y la cultura del consumo inmediato no solo entretienen, sino que reconfiguran el deseo mismo, haciendo que las personas anhelen más ficciones en lugar de cuestionar su lugar en el engranaje. La política, reducida a espectáculo de personajes y escándalos, ya no debate estructuras, sino imágenes. Y así, mientras unos pocos concentran el equivalente al PIB de naciones enteras, la mayoría discute si un meme es ofensivo o si un famoso dijo algo inconveniente.

La gran ironía es que este sistema ya ni siquiera necesita ocultarse, opera en la luz cegadora de lo "evidente". Los mismos que especulan con el hambre en los mercados de futuros aparecen en foros climáticos promoviendo "capitalismo verde"; los bancos que ahogan países con deudas impagables financian movimientos sociales vaciados de contenido revolucionario. Todo se mezcla en un presente perpetuo donde ya no hay verdad ni mentira, solo flujos de información que neutralizan cualquier amenaza real al poder.

Ante esto, la resistencia no puede ser simplemente "tomar conciencia", porque la conciencia misma está moldeada por este sistema para reproducirlo y velar por él. Tampoco basta con sustituir una ideología por otra, pues todas terminan absorbidas por el simulacro. Quizás el primer acto de rebelión sea negarse a participar en el guion escrito por las finanzas, dejar de buscar salvadores en políticos o algoritmos, desobedecer la moral de la usura, y sobre todo, recuperar la capacidad de imaginar un afuera de este circuito cerrado donde el dinero es dios y los seres humanos, meros espectadores de su propia sumisión.

El verdadero poder no teme a las revueltas ruidosas que gritan consignas programadas, sino a aquellos que, en silencio, dejan de creer en sus ficciones. El desafío no es derribar un gobierno, sino despertar del sueño colectivo en el que el dinero parece la única realidad posible.


La Usura como Dogma. Financiamiento de Opuestos y Guerra Perpetua como Distracción


Desde las primeras civilizaciones hasta el capitalismo globalizado, la usura ha sido el hilo invisible que teje las estructuras de dominación. Pero no se trata solo del interés sobre el préstamo, sino de un sistema diseñado para generar deuda perpetua, dependencia y, sobre todo, distracción. Mientras las masas discuten ideologías, religiones o conflictos territoriales, los prestamistas de la alta finanza—desde los banqueros medievales hasta los fondos de inversión modernos—han perfeccionado el arte de financiar ambos bandos de cualquier disputa, asegurando que, sin importar el vencedor el control permanezca incuestionado.


Los Orígenes. Usura, Guerras y Control


En la Europa medieval, familias como los Fugger y los Medici financiaban reinos en conflicto, prestándoles oro para sus guerras a cambio de privilegios comerciales y concesiones mineras. No importaba quién ganara, la deuda siempre crecía. Este modelo se repitió en las guerras napoleónicas, donde Nathan Rothschild no solo financió a Inglaterra, sino que, según relatos históricos, aprovechó su red de información para beneficiarse del resultado en la Batalla de Waterloo. La usura ya no era solo un negocio, sino un mecanismo de ingeniería social.

En el siglo XX, este esquema se sofisticó. La Primera Guerra Mundial fue financiada por los mismos bancos en ambos lados: J.P. Morgan apoyó a los Aliados, mientras que otros banqueros internacionales mantuvieron líneas de crédito abiertas para Alemania. El resultado fue una Europa devastada y endeudada, con la emergencia de la Reserva Federal y el fortalecimiento del sistema bancario internacional. La Segunda Guerra Mundial siguió el mismo patrón, empresas estadounidenses como Standard Oil e IBM negociaron con el Tercer Raich mientras su gobierno combatía contra ella. La guerra, en este sentido, nunca fue realmente entre naciones, sino entre poblaciones manipuladas, mientras el capital fluía hacia los mismos centros de poder.


Guerras Modernas, Distracción y Beneficio


El modelo no ha cambiado, solo se ha globalizado. En la Guerra Fría, el capital financiero alimentó tanto al capitalismo occidental como a movimientos revolucionarios en el Tercer Mundo, asegurando que ningún bando escapara del ciclo de endeudamiento. La CIA financió guerrillas en América Latina mientras Wall Street prestaba a las dictaduras militares. Hoy, el mismo patrón se repite en Medio Oriente con bancos y fondos de inversión están detrás de la venta de armas a Israel y, al mismo tiempo, de los intereses geopolíticos que alimentan la resistencia armada en Palestina. La guerra es un negocio, y su combustible no es la ideología, sino la deuda que generan los préstamos para reconstruir lo destruido.


Ideologías como Control


Pero el mecanismo más perverso no es la guerra física, sino la batalla cultural. La usura moderna ya no necesita solo de conflictos armados; le basta con dividir a la sociedad en bandos irreconciliables, cada uno financiado indirectamente por los mismos intereses.

La izquierda y la derecha con movimientos progresistas que son patrocinados por fundaciones vinculadas a grandes capitales como Open Society de George Soros, la derecha es alimentada por magnates corporativos como los hermanos Koch o Elon Musk. El resultado es una polarización que impide cualquier cuestionamiento real al sistema financiero.

Globalismo y nacionalismo los mismos bancos que promueven tratados de libre comercio beneficiando a corporaciones también financian partidos antiinmigración en Europa, asegurando que la discusión nunca se centre en la soberanía del dinero, sino en falsos dilemas sobre fronteras.

Ecología y desarrollo en que el capital verde (BlackRock, Goldman Sachs) promueve la agenda climática como nuevo mercado financiero, las petroleras financian el negacionismo para mantener el statu quo. La gente pelea por el cambio climático, pero nadie cuestiona cómo los "bonos de carbono" son otra forma de especulación.


La Trampa de la Deuda Perpetua


El objetivo final no es la victoria de un bando, sino la perpetuación del conflicto. La deuda—sea nacional, corporativa o individual—es el grillete que mantiene a la sociedad en un estado de ansiedad controlada. Los países, incluso después de guerras devastadoras, deben pedir prestado a los mismos que financiaron la destrucción. Las familias, endeudadas por créditos estudiantiles e hipotecas, no tienen tiempo para revoluciones. Las empresas, atrapadas en deuda corporativa, obedecen a los accionistas en lugar de a sus trabajadores.

La usura hoy ya no requiere prestamistas visibles; el sistema bancario en la sombra, los fondos buitre y los algoritmos de crédito han automatizado la explotación. Bitcoin y las criptomonedas, promocionadas como "liberadoras", fueron rápidamente absorbidos por los mismos fondos de inversión que dominan los mercados tradicionales, los conocidos como ballenas son quienes adquieren muchas de estas criptomonedas para manipular su precio. Incluso las rebeliones son mercantilizadas.


Hay que Romper el Espejismo


La única salida es reconocer que el verdadero poder no está en los gobiernos, ni en los ejércitos, ni siquiera en los cárteles, sino en la arquitectura financiera que los sostiene a todos. Mientras la gente discute migajas ideológicas, los dueños del crédito siguen acumulando riqueza sin producir nada. La verdadera resistencia no es elegir entre izquierda o derecha, sino rechazar el juego por completo con desobediencia financiera a través de monedas locales hasta el rechazo al crédito predatorio; educación económica entendiendo que la deuda como mercancía es un mecanismo de control, no una ley natural; unidad más allá de la distracción ya que si el poder divide para reinar, la única revolución posible es la que ignora sus trampas y construye fuera de su sistema. El gran secreto es que los dueños de la finanza no temen a las protestas ni a los votos; temen a quienes dejan de creer en el dinero que imprimen. La verdadera batalla no es por las ideas, sino por la soberanía.

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