Una Divergencia Ética en el Pensamiento Económico
El contraste entre el concepto de indigencia en la Escuela de Salamanca y la utilidad marginal en la tradición austriaca no es solo una diferencia terminológica, sino un abismo filosófico que separa dos visiones irreconciliables sobre la naturaleza humana, la justicia y el funcionamiento de los mercados. Mientras los salmantinos abordaban la escasez como un problema moral que exigía solución, los marginalistas la celebraban como un mecanismo técnico neutral, independiente de consideraciones éticas. Esta divergencia no es un mero debate académico, tiene implicaciones profundas en cómo entendemos la pobreza, la explotación y el papel de la economía en la sociedad.
Para los pensadores salmantinos del siglo XVI, la indigencia —es decir, la carencia material— era una condición que deshumanizaba al individuo y corrompía las relaciones sociales. Cuando una persona se encontraba en tal estado de necesidad, cualquier intercambio que realizara estaba viciado desde su origen, pues carecía de libertad real para negociar. Un campesino que vendía sus tierras a precio irrisorio durante una hambruna, o un artesano que aceptaba salarios de miseria por miedo al hambre, no estaban ejerciendo su voluntad libremente, sino siendo coaccionados por las circunstancias. En este contexto, los teólogos españoles argumentaban que el mercado, dejado a su suerte, podía convertirse en un espacio de opresión sistemática. Su solución no era la caridad paternalista ni el control estatal absoluto, sino la creación de condiciones que permitieran intercambios verdaderamente equitativos. El precio justo emergía así como un antídoto contra la perversión del mercado por parte de quienes se aprovechaban de la indigencia ajena: los usureros que cobraban intereses abusivos, los monopolistas que manipulaban los precios, los comerciantes que especulaban con bienes esenciales.
En radical contraste, la utilidad marginal, desarrollada por economistas austriacos como Carl Menger y Eugen von Böhm-Bawerk, eliminó cualquier vestigio de juicio ético del análisis económico. Para ellos, el valor de un bien dependía exclusivamente de su capacidad para satisfacer necesidades humanas en el margen, es decir, en función de la última unidad disponible. Esta teoría, aunque poderosa para explicar la formación de precios, operaba en un vacío moral, no distinguía entre una transacción voluntaria entre iguales libres y una negociación donde una parte actuaba desde la desesperación. Peor aún, al convertir la escasez en un simple dato del mercado —y no en un problema a resolver—, la utilidad marginal terminaba por naturalizar situaciones profundamente injustas. Si el precio del pan se disparaba durante una hambruna, el marginalista lo veía como un fenómeno técnico inevitable (la demanda superaba a la oferta), mientras que el salmantino lo identificaba como una falla moral que exigía intervención.
Esta diferencia se vuelve particularmente clara en el caso de la usura. Para la Escuela de Salamanca, cobrar intereses exorbitantes a alguien en situación de indigencia no era un acto económico legítimo, sino una forma de violencia disfrazada de contrato "libre". La necesidad extrema del deudor anulaba cualquier apariencia de consentimiento informado. En cambio, la teoría marginalista —al centrarse únicamente en las preferencias subjetivas— no tenía herramientas para criticar esta práctica: si alguien aceptaba pagar un interés del 200% anual, era porque valoraba más el dinero inmediato que el costo futuro. La utilidad marginal, al festejar la soberanía del individuo en abstracto, ignoraba que las decisiones tomadas bajo coacción económica no son libres en ningún sentido significativo.
Lo mismo ocurre con los monopolios. Mientras los salmantinos los denunciaban por distorsionar los precios y explotar a los más vulnerables, los austriacos tendían a justificarlos como resultado de preferencias de los consumidores o, en todo caso, como males causados por interferencias estatales. Esta perspectiva pasaba por alto cómo, en ausencia de regulaciones, los actores con mayor poder económico pueden manipular el mercado en su beneficio, perpetuando ciclos de desigualdad. La utilidad marginal, al fetichizar el equilibrio espontáneo, era ciega a las asimetrías de poder que convertían a los mercados en espacios de dominación.
El resultado de esta divergencia es una paradoja cruel, la teoría económica que surgió para explicar el valor de manera más sofisticada, marginalismo, terminó por vaciar a la economía de su dimensión ética, mientras que una tradición anterior y supuestamente más "primitiva", la Escuela de Salamanca, ofrecía una visión más humana y estructural de los problemas sociales. Hoy, esta tensión sigue viva en debates como la regulación de alquileres en ciudades gentrificadas, el precio de medicamentos vitales o la financiarización de la economía. En todos estos casos, el enfoque marginalista puro justifica las dinámicas existentes como resultado "natural" de las preferencias individuales, mientras que la lógica salmantina exigiría preguntarse si esas preferencias son realmente libres o están condicionadas por relaciones de fuerza injustas.
La lección que nos deja este contraste es que ninguna teoría económica puede ser verdaderamente útil si no incorpora una reflexión sobre el poder y la justicia. Celebrar la eficiencia del mercado mientras se ignoran las condiciones materiales de los participantes no es neutralidad científica, sino complicidad con el statu quo. Los salmantinos, con su insistencia en que la economía debe servir al bien común y no solo a los cálculos fríos de oferta y demanda, nos recuerdan que detrás de cada transacción hay seres humanos cuyas vidas no pueden reducirse a curvas de utilidad. La injusticia sigue creciendo y si la indigencia sigue siendo una realidad para millones, su voz —a medio camino entre el mercado y la moral— resulta más necesaria que nunca.
El Precio Justo en la Escuela de Salamanca.
La Escuela de Salamanca, un movimiento intelectual surgido en el siglo XVI en el corazón de la España renacentista, sentó las bases de lo que hoy consideraríamos economía política, aunque desde una perspectiva profundamente arraigada en la teología moral y el derecho natural. Entre sus contribuciones más significativas se encuentra la teoría del precio justo, un concepto que, lejos de ser una imposición arbitraria, surgía como un principio regulador destinado a preservar la equidad en los intercambios comerciales sin ahogar la libertad económica. A primera vista, podría parecer una idea intervencionista, pero un análisis más profundo revela que los pensadores salmantinos buscaban algo más sutil, un equilibrio entre el funcionamiento espontáneo del mercado y la rectitud ética, especialmente en contextos donde el abuso de poder —ya fuera mediante monopolios, usura o acaparamiento— distorsionaba las transacciones.
Para entender esta doctrina, es esencial alejarse de interpretaciones simplistas que la reduzcan a un mero control de precios. Los teólogos y juristas de Salamanca, como Luis de Molina, Domingo de Soto y Tomás de Mercado, no pretendían que las autoridades fijaran valores arbitrarios para las mercancías. Por el contrario, el precio justo era entendido como aquel que emergía naturalmente en un mercado verdaderamente libre, es decir, en ausencia de coerción, fraude o manipulación. En condiciones normales, este precio se determinaba por el consentimiento mutuo entre compradores y vendedores, siempre que ambas partes actuaran con libertad y conocimiento pleno de las circunstancias. Sin embargo, cuando aparecían factores que perturbaban esta libertad —como la concentración de poder en manos de unos pocos—, los salmantinos consideraban legítimo intervenir para restablecer las condiciones de competencia. Entonces muchas veces era el mismo gobierno, a través de una agencia comercial, quien compraba a los productores a un precio razonable para almacenarlo y después venderlo.
Uno de los mayores temores de estos pensadores era la figura del monopolio, que en su época no solo incluía a grandes corporaciones, como las que operaban en el comercio con las Indias, sino también a prácticas de acaparamiento durante épocas de escasez. Un caso paradigmático era el de los mercaderes que, ante una mala cosecha, retenían granos para provocar una subida artificial de precios y lucrarse a costa del hambre del pueblo. Para los salmantinos, esto no era simplemente una estrategia comercial inteligente, sino una violación de la justicia conmutativa, es decir, del principio que garantiza la equidad en los intercambios. En tales situaciones, defendían que las autoridades podían —e incluso debían— actuar para evitar la explotación de los más vulnerables. Sin embargo, su solución no pasaba necesariamente por imponer precios máximos de manera permanente, sino por sancionar a quienes manipulaban el mercado y, en casos extremos, obligar a la venta de bienes acumulados ilegítimamente.
La usura era otro de los grandes temas que preocupaban a la Escuela de Salamanca, aunque su tratamiento del asunto distaba mucho del rígido prohibicionismo medieval. A diferencia de los enfoques más dogmáticos, pensadores como Molina distinguían entre un interés razonable —que compensara el riesgo y el costo de oportunidad del prestamista— y la usura propiamente dicha, entendida como un beneficio abusivo obtenido mediante la explotación de la necesidad ajena. En este sentido, su crítica no iba dirigida contra el préstamo con interés en sí mismo, sino contra aquellas prácticas que convertían el crédito en un instrumento de opresión. Esta postura reflejaba una comprensión avanzada de la dinámica económica, pues reconocía que el dinero, como cualquier otro bien, tenía un valor temporal que podía ser compensado legítimamente. No obstante, mantenía un fuerte componente ético, el lucro no debía alcanzarse a expensas de la dignidad del prójimo.
Resulta fascinante contrastar este enfoque con el de la Escuela Austriaca, surgida siglos después. Economistas como Carl Menger o Ludwig von Mises también defendían la libertad de mercado y desconfiaban de la intervención estatal, pero lo hacían desde un marco puramente descriptivo, sin juicios morales sobre lo que "debía" ser. Para ellos, el precio era siempre una señal de escasez y preferencias subjetivas, y cualquier intento de manipularlo —incluso con buenas intenciones— generaba distorsiones. Los salmantinos, en cambio, no separaban lo económico de lo ético. Creían que el mercado, para funcionar correctamente, requería ciertas virtudes —como la honestidad y la justicia— y que, cuando estas faltaban, el resultado era una economía corrupta y opresiva.
Esta diferencia de perspectiva explica por qué los salmantinos veían en la indigencia (escasez) un problema que podía requerir solución, mientras que los austriacos la entendían como un fenómeno natural resuelto mágicamente por el mecanismo de precios. Para los primeros, la escasez aguda —especialmente la provocada por la especulación— era una llamada a la acción ética; para los segundos, cualquier intervención solo empeoraba las cosas. Sin embargo, ambos compartían una desconfianza hacia los monopolios, aunque por razones distintas: los salmantinos los rechazaban por injustos, mientras que los austriacos los consideraban consecuencia de privilegios estatales.
En última instancia, la teoría del precio justo salmantino representa un puente entre la economía y la moral, una tentativa de armonizar la libertad individual con el bien común. Lejos de ser un anacronismo medieval, su legado sigue siendo relevante en debates actuales sobre regulación financiera, competencia económica y justicia social. En un mundo donde el poder empresarial y la iniquidad extrema plantean desafíos similares a los del siglo XVI, quizá haya algo que aprender de su esfuerzo por construir un mercado verdaderamente libre —es decir, libre no solo de coerción estatal, sino también de explotación y abuso de poder—.
La Escuela de Salamanca no tenía todas las respuestas, pero su enfoque integral —que integraba economía, derecho y ética— ofrece un marco valioso para reflexionar sobre cómo lograr sociedades prósperas sin sacrificar la justicia. Su precio justo no era una camisa de fuerza para el mercado, sino un recordatorio de que, sin ciertos fundamentos morales, ni la libertad ni la prosperidad pueden sostenerse.
Economía Ética Un Legado para el Siglo XXI
El pensamiento económico de la Escuela de Salamanca no fue una mera colección de reflexiones teóricas, sino un intento profundo por resolver problemas concretos de su tiempo —problemas que, en esencia, siguen vigentes hoy—. Su análisis de la usura, los monopolios y el precio justo no se limitaba a discusiones académicas, sino que buscaba dar respuestas prácticas a crisis reales como hambrunas, fraudes financieros, abusos de poder en el comercio colonial y tensiones sociales derivadas de la desigualdad. Lo que hace singular su aporte es que, a diferencia de las corrientes modernas que separan la economía de la ética, los salmantinos entendían que todo intercambio comercial era, en el fondo, un acto humano cargado de implicaciones morales. Exploraremos cómo sus ideas pueden iluminar debates contemporáneos, desde la regulación financiera hasta la justicia global.
Uno de los aspectos más sofisticados de su pensamiento fue su tratamiento de la usura, que hoy podríamos traducir como "prácticas crediticias". A diferencia de la prohibición medieval absoluta del interés, figuras como Martín de Azpilcueta reconocieron que el dinero tenía un valor temporal y prestarlo implicaba un costo de oportunidad y un riesgo, por lo que era legítimo cobrar una compensación mínima. Sin embargo, establecieron un límite claro, cuando el interés se convertía en un mecanismo para explotar la necesidad ajena —como en los préstamos a campesinos desesperados—, cruzaba la línea de la licitud moral. Esta distinción es sorprendentemente moderna. ¿Acaso no resuena hoy en las críticas a los "préstamos predatorios" que afectan a los más vulnerables, o en los debates sobre los tipos de interés abusivos en economías informales? Los salmantinos no hubieran condenado el sistema bancario en sí, pero sí habrían exigido salvaguardas contra la explotación, quizá anticipando conceptos como la "banca ética" o la regulación de microcréditos.
En cuanto a los monopolios, su postura era aún más radical para su época. No solo criticaban a los acaparadores de grano, sino también a las grandes compañías comerciales respaldadas por la Corona, como las que operaban en las Indias. Tomás de Mercado, en su Suma de tratos y contratos de 1571, denunció cómo estos monopolios distorsionaban los precios y empobrecían a las colonias. Su argumento no era solo económico, sino jurídico ya que el monopolio violaba el derecho natural a comerciar libremente. Aquí hay un paralelo con las críticas actuales a los oligopolios tecnológicos o farmacéuticos, que fijan precios arbitrarios y limitan la competencia. Los salmantinos hubieran visto en gigantes como Amazon o Pfizer —no por su éxito, sino por sus prácticas anticompetitivas— una amenaza similar a la de los monopolios del siglo XVI. Su solución, sin embargo, no habría sido un estatismo rampante, sino un marco legal que garantizara condiciones equitativas de competencia, algo que hoy llamaríamos "antitrust" o regulación promercado.
Pero donde su pensamiento resulta más provocador es en su concepción de la globalización. Salamanca era una ciudad universitaria, pero su influencia se extendía a Sevilla, Amberes y Lima. Los teólogos españoles fueron de los primeros en analizar los efectos de una economía interconectada como la inflación causada por la plata americana, las crisis de deuda internacional (como las de Felipe II) y las desigualdades entre centros y periferias. Juan de Mariana, por ejemplo, advirtió que la corrupción monetaria, devaluar la moneda para pagar deudas, era un robo al pueblo. Hoy, sus ideas ayudarían a cuestionar el sistema financiero global ¿es justo que los países en desarrollo paguen intereses por deudas en divisas extranjeras? ¿O que corporaciones multinacionales eludan impuestos en países pobres? La Escuela de Salamanca habría abordado estos temas no con consignas anticapitalistas, sino con un llamado a reformas que equilibraran eficiencia y justicia.
Su legado más olvidado —y quizá más relevante— es su teoría del valor subjetivo, que anticipó en siglos al marginalismo austriaco. Diego de Covarrubias escribió que "el valor de una cosa no depende de su naturaleza intrínseca, sino de la estimación humana". Esta idea, revolucionaria en el siglo XVI, desafiaba la visión aristotélica del valor objetivo y sentaba las bases para entender que los precios son señales de preferencias sociales. Sin embargo, los salmantinos añadieron un matiz ausente en los austriacos, esa "estimación" no podía divorciarse de la justicia. Un precio inflado por el hambre o la desesperación no era legítimo, aunque reflejara escasez. Este enfoque híbrido —subjetivo pero no relativista— ofrece herramientas para criticar, por ejemplo, la especulación con medicamentos esenciales o el alquiler abusivo en ciudades superpobladas.
Finalmente, su visión de la pobreza merece atención. Para ellos, la indigencia no era solo un fracaso individual, sino un síntoma de fallas sistémicas como monopolios, salarios injustos o falta de acceso al crédito. Domingo de Soto argumentó en "Deliberación en la Causa de los Pobres" que los ricos tenían un deber moral de ayudar, pero también que las estructuras económicas debían permitir a todos participar en el mercado. Esta idea prefigura el "empoderamiento económico" moderno: no caridad, sino oportunidades.
En el siglo XXI, donde el capitalismo global genera riqueza sin precedentes pero también injusticias grotescas, la Escuela de Salamanca ofrece un camino intermedio entre el liberalismo dogmático y el socialismo estatista. Su gran lección es que la economía no puede separarse de la ética sin convertirse en un instrumento de opresión. Un mercado verdaderamente libre no es el que carece de reglas, sino el que —como dirían Molina o Mercado— garantiza justicia sin ahogar la iniciativa. Quizá sea hora de rescatar su sabiduría, no para copiar sus respuestas, sino para imitar su valentía al plantear las preguntas correctas.

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